BEATRIZ
Por aquellos días, yo vendía cauchos y autopartes, de manera
independiente. La crisis de Venezuela era severa, y ganaba poco, pero siempre
llegaba, de un modo u otro a fin de mes.
Aquella mañana de marzo, conocí a Beatriz, una niña 20 años
menor que yo. Al principio, tuve cuidado porque la diferencia de edad era muy
grande; pero ella me buscaba pelea de manera abierta y evidente. Así que caí en
su trampa.
Me enamoré. ¿Qué pasó después? Lo que suele pasar con las
mujeres: se empató con mi peor enemigo, que me sobrepasaba con creces en
riquezas materiales. La traición –sepa esto, amable lector-, está domiciliada en
la mujer. Con todo, me animé a mandarle un correo, invitándola a tomar un
café, pero por toda respuesta, me enteré que se había ido con este tipo.
Le dio la vuelta al mundo. Y un día le pregunté a una
mariquita risible, que estaba entre sus amistades más cercanas:
-Oye, le invité un café a esta jeva. ¿Qué le pasó? Nunca me
contesto…
-Bueno, broder –dijo la loca-, es que a veces hay para el
café de hoy, pero no para el de mañana.
Y yo me pregunto, hoy que todo pasó: ¿Quién le dijo a esa
tipa que yo quería tomar café con ella todos los días? Se trataba sólo de eso:
de tomar un café –después de todo, como dije, me había buscado pelea por la
calle del medio-, conocernos, conversar y –eventualmente, por qué no- irnos a
la cama.
Pero, bueno, la realidad es que Beatriz no era sino otra
chica del montón, otra chica material. Han pasado ya casi 10 años, y no he
vuelto a saber nada de ella.
Ahora vivo en un apto confortable, tengo un lindo coche, dos gatos persa y los negocios me marchan
viento en popa. Me dicen “el Hugh Hefner caraqueño”. Voy de agapé en agapé.
Princesas me sonríen de cuando en vez. Y hasta algunas quieren convencerme que
con ellas podría ser feliz. Ha sido así, desde que la perdí. C’est la vie. Unas
se ganan y otras se pierden.
Lo mejor está por venir. La mujer de mis días, no llega todavía...
FIN


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