Alec Yorke
“La oración es todopoderosa”, se dijo para sus adentros,
Alec Yorke, un modesto mesero de un lustroso restaurante de La Castellana,
especializado en comida italiana, llamado Da Pippo.
Era hijo de inmigrantes ingleses, y, en algún momento su
familia había sido reconocida como una de las de mayor pedigrí de la Caracas de
los 60, 70 y 80.
Pero sobre Venezuela había caído una especie de Peste Negra,
y él, Alec Yorke, profesor ejecutante de piano a los 11 años, oído absoluto,
niño prodigio, había pasado de ser una promesa de la música académica a ser
eso: un modesto mesero. La plaza se la había conseguido un amigo.
Sobre los 50 años, ya tenía la barba cana, y una prominente
barriga. Pero había algo sexy en él, que atraía especialmente a las niñas de 20
y 25 años. Era –¿por qué detenerse en falsos pudores?- un hombre muy bien
dotado, y esa especie rodaba por ahí, entre muchachitas universitarias, y
homosexuales pasivos.
-Caponata siciliana –dijo,
su uniforme impoluto, esperando saber quién había ordenado el plato.
-Jejeje, ¡yo! –dijo la niña del ojo e’ papa; era la clásica
familia “mami, papi, varoncito y hembrita”.
-Olive all´escolana –resonó
con perfecta modulación, y un dejo inglés, la voz de tenor de Alec Yorke.
-Uhmmm, yo. –afirmó papá (con firmeza de jefazo de corazón
de hierro).
-Ensalada piamontesa –ya
conocía bastante del repertorio italiano-.
-Yo –dijo, una maraña de greñas rubias coronando su sesera,
el varoncito.
-Burrida Ligure, para
la señora –dijo, por descarte.
Pero Yorke tenía un problema: le gustaba “beber encapillao”.
Tenía una petaca llena con ron barato, como “caleta”, debajo de la caja. ¿Por
qué no lo habían descubierto? Bueno, en primer lugar, era amante de la cajera,
una negra de Petare con los ojos inmensos y exaltados. Y, luego, pues no se
trataba de emborracharse. Se trataba de hacer menos dolorosa la jornada.
Dieron las 7 pm, y, ese día, su turno terminaba a esa hora.
De la familia Yorke quedaban algunos vestigios de riqueza, como el viejo
Mercedes en el cual Alec se desplazaba hasta El Bosque, donde vivía solo en un
anexo pequeño, pero confortable, cuyo jardín –por esa época- estaba tapizado de
las hojas secas del otoño. El Mercedes estaba viejito, pero era un real
tractor.
Ya había comido su cena en Da Pippo, y lo esperaba una
botella de un litro de ron Santa Teresa del regulado, del barato. Era un día
domingo de marzo de 2025, así que al día siguiente libraba.
Alec tenía varias mujeres, cómo no. Se decidió por llamar a
Clara, el cuerpo quebradizo como cristal, flaquísima como la rama de un ciprés,
pero una entrepierna carnosa y velluda. Un par de ojos de gata fina, pues clara
traía en la sangre mil generaciones de la mejor educación.
-Mami, ¿cómo estás, mi bella bella? Mañana nos vamos pa’
Marina Grande. Tráete un porrote.
FIN



Comentarios
Publicar un comentario