Naty y Yako
Montó una greca de café negro –bien cargao’-, y encendió un
cigarrillo, mientras el par de gatos callejeros le acariciaban con sus colas de
felpa las piernas aceradas.
Estaba desnuda, y frente a las hornillas –allá en Los Palos
Grandes- se expandía la vista entera del cerro Ávila, a través de un
iridiscente ventanal.
Se acarició las nalgas, robustas, prominentes, preciosas:
por fin había firmado su divorcio.
Con 38 años a cuestas, todavía estaba a tiempo de parir.
Pero su reloj emocional no coincidía con el biológico. No quería saber nada de
matrimonios en lo que le quedaba de vida. Quería un carajito, sí, pero de
amante.
Natasha se había casado de 22 años, con un profesor de la
universidad, 18 años mayor que ella. Sí. Los primeros 5 años fueron felices.
Pero luego todo fue cayéndose de a trozos, como gruesos retazos de pintura en
una pared humedecida por una filtración.
El nombre del marido no viene al caso, pero lo cierto es que
–poco después de cumplir ella los 38 (un 16 de agosto de 2024)- el elemento
había llegado al sexto piso.
Tenía serios problemas de erección, y ya no la hacía reír
como en las clases de Cálculo. Naty había estudiado una Ingeniería Mecánica,
que había archivado en el clóset junto al título de la UCV.
La relación entre Naty y su marido había la clásica relación
pasivo/agresiva. Chuuuufffff… un disparo de gas con aroma exquisito emergió de
la boca de la greca. Se sirvió un tazón, y encendió otro cigarrillo (era
fumadora compulsiva). Abrió su laptop y echó un vistazo a las noticas de 2024.
Bombardeo iraní en Israel, con más de 200 misiles. Masacre
en Ucrania. La diáspora venezolana seguía creciendo.
Se enfundó en su indumentaria para correr, y salió al Parque
del Este (vivía en un apartamento de 3 habitaciones en Los Palos Grandes), y se
echó como una liebre por las disímiles camineras. “Lo que busco en el running no es ganar salud. Lo que busco
es meditar”, decía siempre.
Entonces: a rush of blood to the head. Sudaba
a borbotones, estaba buena, y ella lo sabía, todos la miraban con lujuria; y
estaba allí: justo el carajito que había estado buscado.
El chamín estaría en sus 25. Bueh… una diferencia de 13
años. No era tan grave, y -para ella- era colágeno. Se le acercó, y con
cualquier pretexto abrió punto y raya en un diálogo sobre el cardio. Yaco
estudiaba el 8vo semestre de Derecho en la UCAB. Era un pibe un poco inocente, pero
no tanto. Natasha Guzmán, la que venía de Catia, había llegado a los 38 muy
bien conservada.
-Y tú, ¿qué? ¿Pa’ dónde te vas después de acá? –le preguntó
Yako-.
-Pa’ donde tú me invites – soltó una sonora risotada con su
voz áspera y sus labios rojo carmesí.
-¿Te vienes conmigo pa’ un hotel?
-No, chico. Yo vivo sola, aquí cerquita…
FIN



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