El tipo y la niña


 

“Yo soy muy flojo para escribir. Escribo cuando me da la gana”. (Cortázar)

El tipo buscaba la muerte de manera espontánea. Sin saberlo, estaba en sus últimos días. Había cometido su última herejía. Ya no le quedaban más balas. Era la última barrabasada que le hacía a Job, su hermano. Quitarle a la mujer que amaba.

En realidad, el tipo -así lo llamaremos- era un verdadero príncipe idiota. Sus pasos se cruzaban sobre la línea de su muerte, y él reía -como burlándose de Job- con la risa de los idiotas.

Era su hermano, sí, y Job era un ferviente católico, pero le había lanzado la peor maldición que puede lanzarse por el Sagrario. ¿Y el tipo? Reía con la risa de los idiotas, con la autoestima hipertrofiada desbordándole la chaqueta –“me la regalo mi papá”-, y, cada vez, el ataúd estaba más cerca. Jajaja… qué vaina tan buena…

Y es que -según Job- la violencia no era un antivalor absoluto para los católicos; ahí estaban los santos rojos de las Cruzadas. Y una santidad que el había inventado, y era la suya: la santidad negra. El santo negro callaba, con el silencio del Demonio. Job partía del principio de que no había católico en el orbe químicamente puro.

Alguno de estos días…

Alguna de estas noches…

PAN PAN

La niña era una muchachita al fin, y, bueno, qué culpa tenía. ¿Quién era el cabrón? Si la niña se entregaba al tipo pensando en Job. Si la niña trepaba las paredes por Job. Pero -bien dice la Biblia- quién podrá contra la envidia.

Ya el tipo se había ido a las manos con Job, quien le había clavado hondo el puñal. Pero aquello fue un escándalo, y hubo que hacerse el loco. Echar tierrita y no jugar…

Pero esta era su última barrabasada. Esta vez bailaba como un frisbee directo hacia el horno crematorio. Pero de eso se iba a hacer cargo Dios, no él; Job lamentaba haberlo chuceado, pero -en realidad- el tipo se lo merecía.

Y como dice la canción de Milanés: “pasan los años / y cómo cambia lo que yo siento / lo que ayer era amor / se va volviendo otro sentimiento”. Quizá la niña no tenía la culpa de nada, pero -como pasó con Juan Bautista- si alguien hubiera dicho pío, lo hubiesen decapitado. “No te es lícito tener la mujer de tu hermano”, dijo San Juan a Herodes, y el resto ya se sabe.

Pero, ¿era mujer de Job? ¡No! Quizá la amaba, o la amó, y quizá al morir el tipo se casaría con ella. Pero ya no sería lo que hubiese sido si el capullo de aquel amor hubiese prendido en un primer momento.

La niña no sería más que “la legal”, y -si quería estar con Job- tenía que llevar cacho con hombres, y con hembras, pero sobre todo con hembras. Así de ácida es la cosa. La telenovela -bien dijo Charly García- es para “no vela”. Say No More.

FIN



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