Con-trabajo
Había puesto en orden todo aquel depto de 130 mt2, con un
esfuerzo ciclópeo, aguantando el lumbago –“otra Pregabalina”-, y estimulando el
bulbo raquídeo con ásperos tazones de café negro bien cargado y sin azúcar.
Había puesto un par de lavadoras a andar, había cocinado
pollo guisado para el almuerzo, y ahora que ya había comido y merendado (con
otro tazón de café), se le antojaba libar un roncito escuchando a Dermis Tatú.
Sudaba como un atleta.
Se dio una ducha, y bajó caminando hasta el Prolicor más
cercano, descendiendo a paso lento por una colina que serpenteaba una calle de
quintas orgullosas de sus dueños y de los perros Doberman que las custodiaban.
Todos tenían una casa blanca.
-¿Qué dice mi pana?
-Epa, hombre, te pusiste bien gordo
-Coño, si, mi pana. La pandemia. Sácame una tella de 300
bolos ahí pues, y te pago a fin de mes
-Si va
Tomó su licor de ron (“bebida espirituosa”, se leía en la
etiqueta), y -como subir a pie le daba fastidio- se detuvo junto a la garita
del primer edificio en la subida y se puso a pedir cola con el pulgar erguido,
cual si estuviera en los 80.
Pero Tovar era un hombre con suerte. Pasaron dos burgueses
de corazón de hierro en naves que parecían caídas del Espacio, y ahí llegó la
suerte que lo había acompañado desde que se montaba en la mata de guayaba de la
casa de la abuela a jugar que era El Acertijo: una pick up que lo dejó montarse
en la parte trasera y lo llevó hasta las canchas. Cuestión de un par de minutos.
Tovar era Contrabajista, así que se sirvió un trago en un
medio vaso de vidrio, agarró el instrumento y comenzó a tocar sobre un disco de
vinilo de John Coltrane. No seguía necesariamente la línea de bajo original. Se
dejaba llevar, como quien está en un jam con unos panas.
Riiiing… sonó, de pronto, el teléfono de la sala…
-¿Sí? Mi vidaaaaa… mi cosa bella… ¿cómo está esa catira de
papá? -saludó a Marion, una de sus dos o tres amantes-.
-Mira, acá hay unos panas con una merca que te quieren conocer.
Quieren tocar un rato, snifar, qué se yo… uno pases, una curda y tocar contigo
un rato…
-¡Coño! Que buena movida, mami. Si va. Te la compro.
-Tipo un par de horas, y después tú y yo…
-Claro, Marion, pero cómo que no. Tengo acá salmón y vino
blanco…
Click… Supo que esa misma suerte estaría con él a la hora de su muerte...
FIN



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